jueves, 28 de abril de 2011

Televisión para todos


La máxima de la televisión es que el público tiene el poder. Y lo tiene a través del control remoto. Por lo tanto, es esencial que para la futura televisión digital, se debe velar por el interés público.

El proyecto de ley de Televisión Digital Terrestre (de ahora en adelante TDT), fue despachado hace unos días en el senado y dependerá del modelo de regulación que se apruebe la existencia de una verdadera concesión de bien público que permita un servicio libre, gratuito y de calidad para los televidentes.

La gratuidad en la transmisión de señales abiertas y concesiones limitadas que promuevan la competencia y por ende, la llegada de nuevos actores a la industria televisiva, son dos pilares fundamentales que debe tener este modelo.

Sin embargo, el libre acceso es un aspecto que se refleja con cierta aspereza en el actual proyecto. No considerarla significa pasar del actual modelo de televisión abierta, gratuita y financiada por publicidad, a un sistema de oferta diferenciada, financiada preferentemente por los usuarios receptores del servicio y transformándose en un bien privado.

Si llegamos al contexto de hacer comparaciones odiosas, la TDT sería un nuevo "tag", donde quien pueda pagar va por la autopista de la televisión de calidad, y quien no puede pagar va por la caletera de las repeticiones y la producción de baja calidad. Exclusión económica por donde se le mire.

Respecto a la concesión del espectro debe pasar por un proceso altamente competitivo de asignación, y no repetir lo que pasó en España, donde el ancho de banda de transmisión fue entregado para cada una de las principales cadenas de televisión ibéricas, sin concursos ni sorteos.

Una TDT con todos estos razgos respeta absolutamente las garantías constitucionales como la libertad de expresión y desarrollo económico, y además no sólo gana la industria, gana principalmente el ciudadano con una televisión totalmente gratuita, diversa y de calidad.

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